martes, diciembre 08, 2009

Pero...¿qué le pedimos al cine?



Que el acercamiento al cine junto con el resto de las cosas necesarias en esta vida es cuestión obligatoriamente única, intrínseca, personal e intransferible, doy por sentado que queda fuera de toda discusión. Lo importante es lo que tenemos cada uno de nosotros detrás (incluso encima, delante, con, contra, para, por y según) a la hora de solicitar del arte lo que le solicitamos; las razones y no los criterios o, mejor, las razones de nuestros criterios. Y ahí es donde entra en juego la estupenda discusión y el productivo debate.

Por lo tanto, acometo ahora un ejercicio de positivismo sintético de andar por casa y me permito plantear modesta y prudentemente lo que yo le pido al cine en 4 cómodos puntos. (Nótese la inclusión en todos del pronombre personal en forma de dativo o acusativo de 1.ª persona singular, como no podría ser de otra forma). Son enunciados generales y epidérmicos, pero brevedad obliga.

1. Que me entretenga. Tan trivial y nada sofisticada exigencia se relaciona con mi completa y total claudicación, servil y diríase que irrecuperable, ante la idea del cine como medio de expresión narrativo. Me llegan a hechizar algunos experimentos vanguardistas, creo en y defiendo un cine alternativo, me maravilla el cine pionero con sus tanteos dubitativos pero tras una gran película siempre encuentro una gran y sobre todo, una bien contada historia ¿Qué supone esto último?... harina de otro nutritivo costal.

2. Que me fascine. Y aquí sí que hemos topado con la monolítica iglesia de lo estético, amigo Sancho, y encima, a estas alturas, sin cánones en forma de clavos ardiendo a los que agarrarse. Vaya usted a saber... a mi, particularmente, desde “poner en cuadro” la resurrección de una granjera muerta en el reino de Dinamarca hasta ver cómo los androides sueñan con ovejas eléctricas, desde la trilogía de la vida de Apu hasta, por poner el caso, los desafueros pasionales de Almodóvar.

3. Que me emocione. Llegamos ahora al absoluto de la subjetividad, si es que esto es posible y no entra en terrible confrontación filosófica, relacionándose el particular con las vivencias y experiencias, enseñanzas y añoranzas, deseos y frustraciones de cada uno, como decía antes...

4. Que me remueva. Adoro el cine de tesis, de ideas, de análisis, de síntesis, el cine político... siempre que no me lo sirvan, como el aceite de ricino, en cuchara sopera y a palo seco, que no se vea el cartón del discurso y el maniqueísmo dogmático ocultándolo, de nuevo, mediante el férreo armazón de una robusta historia

Creo que no me falta nada. Me atrevería a afirmar que los más importantes son los puntos 2 y 3. Evidentemente, hay grados para todo esto, no todas las películas pueden ser obras maestras abarrotadas de excelencia en los 4 puntos... no habría quien fuera al cine así, al borde siempre todos de un ataque de Síndrome de Stendhal. Pero rara es la que no alcance un mínimo en alguna categoría sobre todo si nuestra mirada, ingenuamente, aspira a esa falacia de la “limpieza” o, al menos, al desprejuicio, esforzándose así en encontrar la belleza en cualquiera de los cines que han sido y serán.

sábado, noviembre 21, 2009

Un post educativo.

Supongo que lo fácil es estar de acuerdo con que lo que lleva ocurriendo hace ya demasiado tiempo en la televisión es preocupante. Doy por hecho que nadie con un mínimo de criterio ético y estético puede defender ni los contenidos ni los continentes de la inagotable mierda concebida, dirigida, producida, presentada y conducida por esa repugnante caterva de buitres profesionales, acaudalados y magnéticos comunicadores sin escrúpulos, vociferantes y adictos elementos barriobajeros, chonis y bacalas con ínfulas de artristas vendediscos y demás interesados en convertir su intimidad, las más de las veces clamorosamente construída en base a un discurso infame, en materia de vomitivos programas de realidad disfrazados de servicio público o experimento sociológico. Creo que lo que está fuera de toda duda, digo, es ésto. A no ser que se vaya por la vida de adelantado enteradillo, el más listo de la clase que, armado con sofisticadas teorías de la comunicación, la imagen y la sociología, asiste al incendió tocando la lira.

Tampoco me quiero meter a comprender, dado el pánico que me suscita, la inquietante y real circunstancia de que toda esta hez es consumida puntualmente por una mayoría de televidentes complacidos, ni en la maquiavélica lectura de que si existe es porque se pide. Dejo igualmente aparte las posibilidades de recortes, regulaciones y acotamientos varios. Y esto es así por la prevención al respecto de quién le pone el peligroso cascabel al maloliente tigre. Mi rollo, de nuevo, supongo que debido a la deformación profesional, tiene que ver con lo formativo; con el tan cacareado tema de lo que ven nuestros educandos, aquéllos que, como nosotros, pasamos la mayor parte de nuestra niñez y dolescencia frente a uno de los aparatos educativos más efectivos que existir puedan; el televisior. Una tele que en aquéllos entonces, y quien lo niegue no incurre sino en un descarado ejercicio de demagogia, mostraba otras cosas.


Y es que, ante la situación creada y adquiriendo tintes combativos, considero que los educadores deben abandonar actitudes neutras, condescendientes e irónicas y posicionarse activamente frente a los mensajes que emite la programación televisiva, los códigos que maneja y la realidad que representa. No sólo hay que abominar de la telebasura. Desde la atalaya que ofrece la posición del docente hay que enseñar por qué y en base a qué despreciarla. El resto vendrá dado y rodado... si es que hay ganas y lecturas detrás, claro.

martes, octubre 27, 2009

Mitomanías; mitos y manías.

Fui a ver el documental Let´s Get Lost sobre el naufragio final de Chet Baker el mismo fin de semana que se estrenó, ilusionado ante la perspectiva de acercarme a la figura del inolvidable personaje. Adoro la voz y la trompeta de este ángel autodestructivo, muy pronto enganchado a toda suerte de sustancias y relaciones perjudiciales, protagonista de una de esas biografías canónicas, por malditas, que ha protagonizado la inmensa mayoría de los imprescindibles músicos del Jazz. La película me pareció un peñazo insufrible, alejada de la inmarchitable hermosura de las grabaciones de Baker.

Sin embargo, la experiencia fue reveladora en grado sumo. Y es que, tras escuchar las palabras de Baker y observar sus gestos, uno cae en la cuenta que el portento capaz de emocionar con su arte musical no era sino un patético yonki de discurso plano, razonamientos peregrinos y carencia absoluta de interés personal. Se podrá aducir con razón que su cerebro andaba por esas fechas triturado merced a la ingente cantidad de porquería que fue capaz de esnifar, fumar, beber y meterse en vena. Cierto. No obstante, considero que los destellos de genialidad y los caractéres arrolladoramente atractivos se perciben incluso a través de la más espesa niebla narcótica. La sospecha se confirma cuando atendemos a las razones de las que fueron sus mujeres, hijos, amantes y compañeros... además de tildar al ex marido, ex colega, ex padre y ex niño bonito del jazz de cabrón para arriba, el grupito de marras conforma una triste reunión de personajillos bastante deprimente entre marujas venidas a más y devoradores del mundo venidos a menos.

Al cabo casi dos horas de cansino discurrir de entrevistas y fotos en blanco y negro, la película únicamente consigue generar en nuestro interior la oscura duda relativa a la manera en que este Chet Baker de nuestra vida podía sustentarse por entero en la inestable y frágil base de un tipo tan aburrido, cretino e imperfecto.

Qué cosas... Quizá tenga que ver con el misterio del arte o con las mitomanías autogestionadas que todos necesitamos para seguir adelante. O, quizá, el error está en buscar la belleza en su perfecto sentido socrático. No sé.

En fin, siempre nos quedará Blue Note.


miércoles, octubre 14, 2009

Credo.

Últimamente voy estando convencido de que Aquiles depuso su cólera por amor, de que la verdad antes que imponerse, se descubre, de que por esa sonrisa merece la pena vivir, de que nacemos por accidente, de que la razón sólo se presta, de que la inocencia es bendita, de que la belleza no es gratuita, de que el otoño es poesía, de que la música es la verdadera voz de nuestra alma...

lunes, octubre 05, 2009

Bienvenido a casa, Mr Allen.


De él se dice que siempre se repite. Los que amamos su arte, sin embargo, le rogamos que nos dé lo mismo cada vez, que nos vuelva a regalar su ingenio, su ternura, su acidez, su ironía, su inteligencia y una idea de cine tan particular como ya necesaria, tan familiar como la figura del tío soltero que, de pequeños, nos recibía con cosquillas en la nuca y cinco duros para caramelos.



Se fue a inglaterra para hacer dos grandes películas de negrísimo género. Al cambio de registro le vino bien el acento cockney y el Royalt Albert Hall. Allí también filmó una divertida comedia pero, aún así, faltaba algo en ella. Es como si el Greco, durante un tiempo, hubiera dejado de pintar a los santos con los brazos así de largos. Esta sensación extraña se acrecentó al escuchar sus inconfundibles diálogos entre las venerables piedras de Santa María del Naranco en Vicky Cristina Barcelona. Por eso precisamente parecía más mala de lo que en realidad era, porque mezclar el prerrománico asturiano y la afilada lengua brookliniana era tan imposible como un cocktail de lentejas y ron. La naturalidad y fluidez habitual se forzó con historias de estudiantes americanas en Europa posando frente los lagartos en trencadis del Parque Güell junto al resto de postales de la Ciudad Condal.




Con lo que Woody Allen tenía que volver a Chinatown, a la Estatua de la Libertad, al Central Park y a las escaleras de incendios de hierro forjado, sonando de fondo Benny Goodman para que, otra vez, sus películas funcionaran como acostumbraban; regulares, buenas o magistrales pero dotadas de esa dimensión urbana, cosmopolita, intelectual y desvergonzadas que sólo puede facilitar el skyline de Manhattan. Únicamente así vuelven a tener esa conmovedora cercanía, esa afabilidad empática y gloriosa a pesar de los miles de kilómetros de distancia y de que nunca hayamos pisado Nueva York.




Si la cosa funciona vuelve, por fin, a ser puro Allen aunque esta vez sus gafas de montura de pasta hayan sido sustituídas por la socarrona e indecente calva de un portentoso Larry David y, si es cierto que algún personaje sobra y que al final se precipita en una serie de inconsistencias quedando ya lejanas las colosales Delitos y faltas, Hanna y sus hermanas, Días de Radio y Desmontando a Harry, desternillarse de nuevo con sus ocurrencias neoyorkinas no supone otra cosa que una verdadera gozada.

lunes, septiembre 28, 2009

Distrito 9.


Llevo muy a gala ser un cinéfago desprejuiciado. Asumo desde el principio que las películas de género tienen sus características, sus rasgos, sus lugares comunes y sus homenajes los cuales, de hecho, me place encontrar en un filme catalogado como tal. Lo que llevo algo mal es que me intenten dar gato por liebre, que me aburran y que me tomen por idiota cosa que, dentro de estas pelis, ocurre con frecuencia. Confieso aquí y ahora mi predilección por el cine fantástico y de ciencia ficción de manera que, como digo, si voy a ver una película de marcianos no espero, en principio, hondas reflexiones metafísicas sobre el ser y la nada (para eso ya está el cine hablado en francés) sino variaciones sobre el arquetípico y enjundioso conflicto entre los humanos y los extraterrestres en sus dos vertientes: emotivos hermanamientos o catastróficos encontronazos como bien sabe el sabio Spielberg, que ha explorado magistralmente ambas dimensiones (tan grandiosamente hechizantes me parecieron los alien cabezones que saludan a Truffaut a ritmo de Kodaly como los aterradores trípodes Wellesianos que complicaban la vida a Cruise). Por todo ello, mi interés inicial hacia Distrito 9 se ve un tanto condicionado negativamente por un trailer algo pachanguero y ruidoso, con lo que al fin, me acerco a verla con un molesto zumbido de mosca detrás de mi oreja izqueirda. A los cinco minutos de proyección, me asalta la certeza de que es una de las mejores películas del año.


Distrito 9 mete cuarenta ingredientes en una explosiva coctelera y el combinado ha resultado tan pegón como delicioso. Cámara al hombro, falso reportaje, polivisión, denuncia social, algo de poesía, emoción, socarronería, infografía, mala leche, acción, feísmo y, por Tutatis, un ritmo tan condenadamente endiablado que, aun queriendo, no te permite que salgas ni un triste segundo para tomar aliento. El hallazgo mayor de esta magnífica película es ese tono desmañado e hipernaturalista que consigue al proponer una historia tan original en un entorno tan exótico como Suráfrica. Aunque en los remaches de todo el tinglado se percibe la manufactura de los mejores recursos narrativos yankis, las potentes y volcánicas (en lo arrollador e hipnótico) imágenes de Distrito 9 tienen un algo extraño en acentos, vestuarios, actuaciones, rostros y hechuras que la dotan de una suerte de verosimilitud mayor que si transcurriera en Nueva York o París (como ella misma afirma). Cierto que adolece de alguna que otra concesión a la galería y trampa chapuceramente resuelta. Sin embargo es tánto el cine que hay metido en esta hora y media de auténtico embeleso que ni siquiera se cae en la cuenta sino al cabo de un tiempo, dando además absolutamente igual.


Una gratísima sorpresa que marca un antes y un después en el fantástico, hecha por un tipo al que, sin duda, hay que seguir la pista.

miércoles, septiembre 23, 2009

Inglorious.

Buena...


...pero buena, buena, buena, rebuena...



...y un personaje para la historia ¿del cine?.

Coronel Hans Landa.